1 mar. 2007

La otra Delphi

(Carta de un trabajador de Delphi)

Cuando una empresa decide cerrar su puertas, salen automáticamente a relucir infinidad de datos económicos, por parte de la empresa, que justifiquen la decisión adoptada. Inmediatamente por parte sindical y política, se barajan otros numerosos datos que demuestren lo contrario. Sin embargo hay una parte humana de estos procesos, que apenas traspasan las puertas de la factoría, ahora en cierre, pero que forman parte de ella, como los hornos, las máquinas, etc . Se tratan de esas aportaciones e iniciativas individuales o colectivas, no recogidas en convenios colectivos ni en contratos, y por supuesto no remuneradas económicamente, pero que constituyen el mayor activo de una empresa.

Recuerdo como hace más de 25 años, dos grandes amigos míos, con sus carreras recién terminadas, dispuestos a comerse el mundo, realizaron una entrevista ( con un americano y en inglés por supuesto) para acceder a un puesto de trabajo en la General Motors. La gran multinacional acababa de posarse en esta tierra del sur, tan floreciente en la antigüedad y en la época de Al-Andalus, pero tan olvidada desde hace varios siglos. Suponía una gran bocanada de aire para el precario tejido industrial de la Bahía, que empezaba a ver como los grandes astilleros de los años setenta se asfixiaban por la dura competencia de terceros países.

Pues bien, mis amigos Juan y Paco ( ¡qué dos nombres tan españoles! ) tuvieron la suerte de pasar a engrosar la plantilla de la factoría, junto con otros cientos de compañeros y bajo la dirección de los americanos, encargados de poner en marcha la empresa. Y Paco y Juan, junto otros muchos, dedicaron muchas horas a la empresa, muchas más de las estipuladas en sus contratos. Muchas jornadas traspasando las puertas de la fábrica cuando apenas era de día, para volver a casa por la noche, porque las necesidades de producción así lo demandaban.

Recuerdo también como recibieron a estos jefes americanos, a los que haciendo gala de nuestra tradicional hospitalidad, brindaron su amistad más allá de las puras relaciones empresariales. Los llevaron a nuestras ferias y fiestas, los invitaron a sus bodas, bautizos,... les explicaron nuestras costumbres y tradiciones, les presentaron a sus amistades y les ofrecieron sus casas. Con ello consiguieron, indirectamente, integrar dentro de nuestro organigrama social a los americanos, pero también a la empresa que pasó a formar parte de el entorno de la Bahía. Me consta que algunos de estos jefes lloraron cuando tuvieron que volver a Estados Unidos. Me imagino que alguna lágrima saldrá ahora de sus ojos, cuando se enteren que a aquellos con los que convivieron algunos años, su empresa los intenta poner en la puerta de la calle.

Cuando los americanos se fueron marchando, los puestos de responsabilidad que dejaban, fueron a manos de los españoles. Y los asumieron con todas sus consecuencias. Doy fe de que muchos sábados, domingos o en vacaciones, fueron a la fábrica para solucionar problemas o para atender los procesos productivos de la misma. O viajes urgentes e inesperados a otras factorías en cualquier lado del planeta, por aquello de la multinacional. Muchas veces tuvieron que dejar una reunión familiar o con sus amigos, porque una llamada los reclamaba en la fábrica. O los trasladaron por largos períodos de tiempo, junto con sus familias ( con todo lo que eso supone ) a otros países en los que la General tenía otras plantas.

A todo esto hay que añadir la presión que supone trabajar con el rumor de que “la cosa no va bien” o “la fábrica de Polonia se está llevando trabajo” (¡si los polacos supieran los que les pasará cuando monten otra fábrica en otro país más ventajoso para los intereses de empresa!). ¡Y ese rumor es de años! ¡ Si de muchos años! Como si se tratara de una muerte anunciada, pero no por eso menos dolorosa.

Y esto es una de las cosas que más me inquietan. Como un grupo de personas pueden ir tomando una serie de decisiones, concienzudamente programadas, para llevar a una empresa a un callejón sin salida. Y esa inquietud se me torna desolación, cuando se que se juega con el pasado, el presente y el futuro de muchas personas que han dejado y dejan los mayores de sus esfuerzos e ilusiones en un proyecto desde hace más de 25 años.
Pero la desolación a la que hacía referencia no quiere decir desánimo. Más bien al contrario, me dan unas ganas enormes de luchar por los 1600 empleados y sus familias, entre los que se encuentran mis amigos Juan y Paco. Porque todos ellos son la otra Delphi y sin duda la parte más importante.

Por eso: ¡DELPHI NO SE CIERRA!