16 abr. 2009

Cosas que no pasarán nunca más



Cosas de la vida, oiga. Aquellos que se retratan con sus miedos, fobias, filias y viejos resentimientos ya eran conocidos por nosotros. No nos sorprenden y tampoco nos importan. Hoy he hablado, y lo hago a menudo, con Esteban Pérez, una de las víctimas de esos extraños episodios que la Asociación de la Prensa de Jerez no ha denunciado. Y bien que lo siento. Sabe mi amigo de viejas luchas que esas cosas no pasarán nunca jamás si las cosas cambian por el futuro de la profesión la semana que viene. Y ese puede que sea uno de los miedos de algunos de los que, extrañamente, se han aliado contra la verdad: el gordo, el flaco, el judío y el nostálgico italiano bien pagado y desterrado más allá del Arenal (cree que nadie se había dado cuenta de que maneja hilos mediáticos interesados en esta historia). Personajes fácilmente identificables con solo pensar un poco. Y que están haciendo un flaco favor a la libertad de información en la ciudad. Pero no pasa nada.
Esteban es uno de los mejores fotoperiodistas que conozco y estoy absolutamente convencido de que más temprano que tarde va a encontrar su lugar, espacio y negocio en esta profesión. Si viviera en una buhardilla del Madrid de los Austrias y se codeara con los artistas de Madrid, Esteban vería pronto colgadas sus fotos en el Museo Reina Sofía, tal es la altura de este fotoperiodista. Y no me dejo llevar por la pasión de amigo, que lo somos, no. Simplemente me quedo boquiabierto cada día en su blog, que le animé a crear y de ello me alegro todos los días. 
Conocí a Esteban y a Pascual a la vez, en aquellos follones de Astilleros y luego, lo recuerdo, en el extraño incendio de la central de Telefónica de la calle Judería. He compartido buenos momentos con ambos porque son gente curtida, de calle, de las que a mi me gustan. Esteban merece un sitio porque es de los buenos y gracias a Dios tiene un buen grupo de amigos con los que contar y que le ayudaremos a salir adelante, con dignidad y sin miedo alguno a que un cateto desubicado ni siquiera mire la obra de arte que le expone ante sus narices y ojos miopes. Quizás lo que algunos pretenden es la imagen de arriba. No nació el corcel para rendirse ante el poder, sino para correr libre, perseguir y marear al toro, permitir que el jinete salga indemne e infringir el daño justo al astado, en buena lid. A buen entendedor, pocas palabras bastan. Y la canción es para la panda de fariseos que nos toca aguantar todos los días, sin corazón ni valores.